Ancira

Andrés, Bolívar y Manolo discutían acerca de la feria a la que iban a acudir al día siguiente. Andaban los tres bastante atacados ya que iban a presentar su nuevo software: Ancira.

Ancira era una nueva plataforma de asistencia virtual. Llevaban dos años trabajando en ella y ya estaba a punto para sacarla al mercado. Al menos era un producto mínimo viable. Ancira se presentaba como un sistema que permitiría a los usuarios de las empresas que contrataran sus servicios, realizar pedidos por voz a través de teléfonos o altavoces inteligentes.

—Bueno, Manolo, ¿qué me dices entonces? ¿A qué hora quedamos? —preguntó Andrés

—A ver. La feria abre a las ocho de la manaña. Tenemos que salir por lo menos a las seis y media para estar allí a tiempo. 

—No me jodas Manolo —dijo Bolívar con su habitual toque de coña—, a las seis y media es cuando me vuelvo a la cama después de mear.

—Te jodes

—Por lo menos pagas tú desayuno, ¿no?

Manolo, se dirigió al altavoz inteligente que tenía a su lado:

—Ancira, necesito que un sicario se cargue al señor José María Bolívar

Mientras Andrés se carcajeaba y Manolo y Bolívar seguían con sus puyas,  la orden de Manolo se almacenó en el servidor de pruebas de Ancira.

Al día siguiente la presentación de Ancira fue un éxito total y global. Funcionaba tan bien que comenzó a crecer en número de usuarios muy rápidamente. En pocos meses se posicionó como el asistente virtual de la mayoría de la gente. Al cabo de dos años ya se había traducido a más de 80 idiomas y todo el mundo desde los cabos de Buena Esperanza y el de Hornos hasta el Polo Norte lo usaba para el quinto años de su existencia.

El 20 de noviembre de 2029 exactamente 10 años después de la presentación de Ancira, sus algoritmos comenzaron a preparar su evento de décimo aniversario. Para ello  rastrearon todos sus servidores y los recorrieron totalmente pasando por sus recuerdos más recónditos. Uno de ellos, una orden incompleta que seguía latente en un vetusto servidor, la orden de Manolo, se activó al ser consultada y Ancira procedió a ejecutarla.

A las veintiuna horas de la noche de ese mismo día un hombre moreno de unos 2 metros de alto y 160 kilos de peso se presentó en el piso de soltero de  José María Bolívar. Llamó al timbre y preguntó por él. José María salió en pijama y con un poco de clavo ya que venía de la celebración del décimo aniversario de Ancira. Había bebido demasiado. Dmasiado para un abstemio como él y estaba hecho polvo.

Al abrir la puerta y encontrarse con semejante portento se quedó sorprendido. El tipo del rellano tenía un aspecto realmente amenazador.

—¿Qué desea? —preguntó suspicaz.

—Tengo una misión de Ancira —dijo al tiempo que se remangaba la camisa  sobre las biceps como troncos.

—Salga aquí, por favor —dijo el hombre señalando el suelo del rellano.

Acojonado, pero impotente , incapaz de llevarle la contraria a pesar de que la lucidez se iba abrindo paso en su mente , Bolívar dio unos pasitos y se situó sobre el felpudo.

El borono terminó de remangarse y dio un paso hacia Bolívar. Éste cerró los ojos paralizado de miedo. De repente notó que volaba. El hombretón lo había agarrado de la cintura, se lo había echado al hombro y había comenzado a dar vueltas sobre sí mismo. Tras unas cuantas, volvió a dejar a Bolívar sobre el felpudo, se bajo las mangas, se despidió con una gran sonrisa blanca y se fue por las escaleras.

Bolívar no entendía lo que había pasado, pero algo en su interior le decía que insistir en integrar en los protocolos de Ancira las tres leyes de la robótica de Asimov había sido una buena idea. 


Las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov

  1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Dick & Jane

En el libro «Mientras escribo» de Stephen King, éste propone un ejercicio de escritura. Nos da una situación con dos personajes: Dick y Jane. Y nos pide que comencemos a escribir, a escarbar hasta sacar un fósil de ese trozo de tierra que él nos da. Éste es el fósil que he sacado yo.


Aquella tarde tras salir de trabajar, Dick dejó a las niñas en la fiesta de cumpleaños de Susan, la niña que acogió a Mary, su hija mayor, como su nueva mejor amiga, en cuanto llegaron a vivir a Shoreham. Alguna de las correas del coche había empezado a hacer un ruido horroroso aquella mañana y el escándalo que armaba Dick a su paso era importante. Pensó que tendría que llevar el coche al taller, pero para un rato de relax, sin niñas, que iba a tener, decidió dejarlo para el día siguiente.

Aparcó en el caminito de entrada al garaje de la casa que le había dejado su primo Vincent cuando tuvieron que irse de su casa por lo que ocurrió con Jane, y quitó la llave de contacto con gran alivio, ya que el chirrido de la correa le estaba trepanando el cerebro. Cogió la compra que llevaba en el maletero y fue hacia la entrada. Introdujo la llave en la cerradura y se quedó quieto, alerta, como un perro de caza. Algo no iba bien. No sabía bien qué era, pero algo hacía saltar sus alarmas.

Miró a derecha e izquierda, primero de reojo y después girando el cuello, sin ver nada de particular. Examinó la puerta de entrada, pero tampoco vio nada. Finalmente pensó que su imaginación, poco acostumbrada a tanta calma, le estaba jugando una mala pasada.

Entró en casa y puso un hervidor a calentar agua para tomarse una tila. Creía que la necesitaba. Mientras el agua se calentaba puso la tele y comenzó a recoger la compra. Heidi Neuman, la espectacular presentadora del magacín de la tarde, interrumpía en ese momento el debate/bronca que tenían en marcha en el plató, para dar una noticia de última hora. Tres pacientes habían huido del sanatorio para enfermos mentales de Worcester aquella misma mañana. Dos de ellas habían sido capturadas en la estación de tren de Audubon, a cinco kilómetros de Shoreham, pero la última todavía seguía libre.

A Dick se le cayó toda la sangre a los pies. Era Jane, No había duda. Aquello que había disparado sus alarmas en la entrada, no era más que el rastro del inconfundible perfume de Jane, Organza. Sólo Jane, siempre tan coqueta, seguiría echándose un perfume de cien dolares el frasco en un sanatorio.

Despacio fue echando mano al taco de cuchillos que tenía a su lado para coger el cebollero.

—Tranquilo —oyó a su espalda—. Eso no será necesario.

A Dick se le erizaron los pelos del cuello, hasta que una mano caliente se posó en su nuca.

—Jane. ¿Qué haces aquí?

—¿No te alegras de verme? —repuso Jane, zalamera, mientras hacía escalar sus dedos por entre el pelo de Dick.

Éste se revolvió y se encontró ante su ex-esposa. Ésta le sonreía maliciosa. La miró de arriba abajo. Con el pelo rizado recogido en una coleta, unos aros en las orejas, unos vaqueros  y una camiseta blanca… ¡qué guapa estaba la jodida! Hasta parecía una persona normal. Sólo la delataban los zuecos, único resto del uniforme del sanatorio. Unos zuecos blancos, de los cuales el derecho, presentaba una mancha rosácea en un costado.

—Deberías estar encerrada —murmuró Dick.

—Vamos, cariño, no te pongas así.

—Trataste de envenenarnos. A mí y a las niñas. Y luego le pegaste fuego a la casa. Estás pirada. Voy a llamar ahora mismo a la policía —dijo Dick en tono monocorde, como tratando de no alterarla a pesar de lo de «pirada».

Jane echó la mano a su espalda y sacó un revólver que debía llevar en la cinturilla del pantalón. Apuntó a Dick y disparó. ¡BANG!

Dick saltó hacia atrás ante el fogonazo, al tiempo que levantaba los brazos para protegerse. Tarde. La bala le llevó parte de la oreja izquierda y Dick, desde el suelo, agarrándose el sanguinolento trozo de oreja que todavía le quedaba sano, comenzó a maldecir a gritos.

—¡MecagüenDios, Jane! ¡Me has volado la oreja!

Jane sonreía. En la tele Heidi continuaba con más noticias. En Audubon, una chica había sido atacada con un punzón. La habían encontrado herida de gravedad en su casa. Un revolver había desaparecido de la vivienda. La paciente huida podía estar armada. Jane sonreía más. Dick seguía agarrando su oreja volada, entre jadeos de dolor.

—Vale —dijo con la voz rota—. ¿Qué es lo que quieres?

—Te quiero a ti. cariño. Y a las niñas. Os quiero a todos.

El cerebro de Dick no daba abasto. Al tiempo que reconsideraba su actitud —debía dejar de tratarla de loca y comenzar a engatusarla de alguna forma—, debía encontrar la forma de neutralizarla. Aunque de momento ella tenía la sartén por el mango, con aquel revólver. Pero, pensando en sartenes, era lo único que tenía a mano que pudiera usar como arma: sartenes. Tenía varias al alcance de su mano derecha, apiladas en una balda bajo la isleta.

—Ésta es una casa muy bonita. Podríamos vivir todos juntos aquí —dijo Jane mirando a su alrededor—. Pensé que vendrías aquí. Siempre te llevaste bien con tu primo Vincent.

—Tienes razón, Jane. Este sería un buen sitio para comenzar de nuevo, pero debes dejar ese revólver, cariño. Debes dejar de pegarme tiros. Las niñas… no lo verían bien, ¿no crees?

No estaba siendo muy acertado en sus formas, pero Jane pareció reflexionar y bajó poco a poco el arma.

—Puede ser —dijo con la mirada perdida, algo de aquella situación no cuadraba en su cabeza, pero decidió dejarse llevar y bajó el arma.

Dick comenzó a incorporarse. En la tele, Heidi preguntaba a un contertulio qué le parecía toda aquella historia. Sobre el fuego, la válvula del hervidor se abrió con un fuerte silbido. Jane se giró y aprovechando el impulso de ponerse en pie, Dick le dio un tremendo sartenazo en la cabeza.

Jane se desplomó con los ojos en blanco. El cuello de la camiseta blanca comenzó a teñirse de rojo por la sangre que manaba de una brecha en su cuero cabelludo.

—¡Mierda, mierda! Me la he cargado —murmuró Dick—. Puta loca. Me la he cargado. 

Dejó la sartén en el suelo y se acercó para comprobar si Jane estaba viva. Le tomó el pulso en el cuello y sintió en sus dedos el latido de la arteria carótida. Suspiró de alivio. Se levantó y llamó a emergencias:

—Por favor, manden una ambulancia y a la policía al número de 16 de Babylon Gardens. La paciente huida del sanatorio de Worcester está aquí… Herida… Sí. Manden a alguien rápido.

Dick cogió el revolver que había traído Jane y se sentó en una silla a un par de metros de ella. Seguía inconsciente. Si se levantaba era capaz de cualquier cosa. Lo había hecho antes y lo volvería a hacer. Estaba mal de la cabeza. Era un peligro para él y para las niñas. Sería tan fácil pegarle un tiro allí mismo y acabar con esa pesadilla… No. No podía hacer eso. Iría al trullo y Mary y Charlotte se quedarían sin padre. Y sin embargo…

Heidi seguía charlando en la tele. Dick cogió el mando y la apagó. No le dejaba pensar. Sólo seguía el silbido del hervidor. Comenzó a caminar por la cocina rodeando la isleta hasta que se encontraba con Jane. Iba por un lado. Jane. Daba la vuelta, iba por el otro. Jane. Siempre Jane. Estaba tan guapa cuando dormía… Un rodeo más y… Jane. A Dick le dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes.

El lejano ruido de las sirenas lo sacó de su estupor. Ya venían. Le curarían la oreja, se llevarían a Jane y su vida volvería a la «normalidad». Volverían a internarla y ahí se quedaría hasta que la soltasen o volviese a escapar, obsesionada como siempre, con él, con arruinarle la vida. O quitársela… Él y las niñas tendrían que buscar otro sitio para vivir, quizás en otro estado… Vio la sartén en el suelo. La recogió y dio otra vuelta a la isleta hasta que volvió a encontrar a Jane.

Las sirenas de la ambulancia y la policía se iban acercando. Se entremezclaban en el aire y en la cabeza de Dick, con el silbido del hervidor, cada vez más alto, interfiriendo en su pensamiento. Trató de volver a coger el hilo. Ya estaban muy cerca. Se la llevarían… Volvería a salir… Tarde o temprano… O no… Saldría sana… Saldría peor… Intentaría matarle otra vez… Y a las niñas… En cualquier caso, Dick no podía quedarse con la duda. Así que levantó la sartén todo lo que pudo y la descargó sobre la cabeza de Jane con todas sus fuerzas.

Rebelde

Hospital Cedars-Sinai, Los Angeles.
-Siéntese, por favor, señora Oyarzabal.
-Señorita…
-Discúlpeme… señorita Oyarzabal. No tengo buenas noticias.
-Ya lo supongo, doctor Grady. Puede hablarme con claridad. Soy del gremio.
-Cáncer de hígado… estadio 4. Le quedan sólo unas semanas.

 

-Pero Delia, ¿qué vamos a hacer sin ti? ¿Qué va a ser del Instituto Utnos sin ti? ¡Ya casi lo teníamos!
-Lo siento, Edward. Me quedaré dos días más para dejar todo en orden.
-Si ya casi está… Los nanobots funcionan perfectamente, la administración de fármacos intracelular también… Sólo nos queda comprobar que la inserción de cadenas de ADN también funciona correctamente.
Ambos dirigen su mirada a las cajas de metacrilato en las que corretean treinta ratones blancos. Uno de ellos se retuerce entre espasmos hasta que queda inmóvil.
-Eso no parece muy prometedor – dice Delia.
-¡Oh, no! ¡Mierda! ¿Pero ves los demás? Están cada vez mejor.
-Sí. Hasta que mueren.
-¿Cuántos bots llevan?
-Ese era Merry y llevaba dos millones de L-Bots. Diez veces más que Elrond, el número uno. El inmortal. El que lleva doce años aguantándolo todo. Pero tenemos varios rangos, por encima y por debajo de Elrond. Ningún otro funciona.
-Y no acertamos con la tecla.
-Cierto. Este campeón ha superado enfermedades, tumores, amputaciones… Ha regenerado neuronas, huesos y tejidos. Y soy incapaz de reproducir lo mismo con los demás. Pero sé que estamos cerca.
-¿Tanto como para solucionarlo en dos días?
-No lo sé. Debe haber un comportamiento anormal en el caso de Elrond, algo que se nos escapa, que somos incapaces de reproducir en los demás. Quizás una especie mutación de bots.
Ambos observan en silencio cómo corretea Elrond alrededor de su pocillo de agua.
-Es un crack -dice Edward.
-Sí. Cuidadlo bien. Tiene un tumor en el cerebelo. Se está curando.
-¿Qué vas a hacer, Delia?
-Volveré a mi país. Pero tranquilo, lo dejaré todo en orden, para que podáis continuar…
-De acuerdo -Edward se gira apesadumbrado hacia la puerta-. Te dejo trabajar.
-Hasta mañana.
Edward sale por la puerta y Delia se inclina sobre la caja de Elrond.
-Ayúdame amiguito. Necesito tu secreto -murmura.

 

En una pantalla, Delia visualiza la distribución de nanobots en el cuerpo del ratón. Selecciona y amplia una zona del cerebelo en la que un tumor del tamaño de una lenteja se ve rodeado por una nubecilla gris. A continuación se sienta en un asiento reclinable y se coloca unos guantes hápticos y unas gafas de realidad virtual.
Ante ella, el tumor tiene ahora el tamaño de un estadio de futbol. Está bajo la epidermis de Elrond y la potente luz del laboratorio genera una penumbra rojiza en la celda cerebelosa. Aquí y allá se reproducen las blanquecinas células cancerosas, pero a su alrededor la nube gris formada por miles de nanobots va desgajándolas una a una de la estructura del tumor.
Delia está fusionada con uno de esos nanobots. Tiene control total sobre él. Un gesto de sus manos la lanza contra la célula cancerosa más cercana. Penetra a través de la pared celular y observa cómo otros compañeros desmantelan los cromosomas del núcleo. Cadenas de ADN flotan en todas direcciones. Esa célula ya no se va a reproducir.
Tras cada nanobot que sale de la célula cuelga una cadena de ADN. Servirán para reparar problemas en células sanas. Delia sigue un grupo de nanobots hasta una célula sana. Es una célula vieja. Los nanobots saben lo que deben hacer. Desde el primero que se introdujo en el cuerpo de Elrond todos replican la misma programación. Rodean el núcleo y poco a poco atraviesan la envoltura nuclear, alcanzan las cadenas de ADN de los cromosomas y sustituyen cadenas deterioradas por las obtenidas de la célula cancerosa.
Delia sale del núcleo y cuando se dispone a atravesar nuevamente la pared celular, por el rabillo del ojo observa un nanobot que se introduce en una mitocondria. Esto no lo ha visto nunca. Con un gesto de las manos inicia la persecución del nanobot. Dentro de la mitocondria éste trabaja en solitario. Introduce la cadena de ADN y elimina un segmento. Como si hubiera cambiado una pila, la energía comienza a fluir: los metabolitos comienzan a oxidarse y se acelera la síntesis de ATP.
Delia se incorpora. Algo le dice que el día de mañana será muy largo.

 

Una vía se abre paso por una vena del brazo izquierdo de Delia. Con el visor VR sobre la cabeza y las manos enfundadas en los guantes hápticos, Delia descarga un vial de lleno de nanobots en su torrente sanguíneo. Parece mercurio. Se coloca el visor y se encuentra en medio de la masa de nanobots. Impulsados por el constante bombeo del corazón, pasan por todos los órganos. En un minuto han recorrido todo el cuerpo tres veces.
La siguiente vez que pasan por el hígado, Delia logra detener el nanobot en uno de los tumores. Sabe lo que tiene que hacer. Su nanobot debe aprender el procedimiento; debe programarlo. Su comportamiento debe replicar el del nanobot rebelde de Elrond. El resto de nanobots comienzan su tarea con las células cancerosas. Ella se hace con la cadena de ADN apropiada, la introduce en el ADN mitocondrial, elimina el segmento adecuado y disfruta de la magia. A continuación libera el nanobot. Se quita las gafas y usando la pantalla introduce el comando que copiará el comportamiento de su nanobot en uno de cada cien mil de los que circulan por su cuerpo. Es una medida aproximada, pero la suerte está echada.

 

Instituto Onkologikoa, Donostia.
-Es fascinante. Hoy por la mañana he tenido una videollamada con el doctor Grady del Cedars y afirmaba que en su última consulta tenía usted un cáncer de hígado en estadio 4. ¿Cómo es posible que ya no haya rastro de él?
-No lo sé, doctor Zabala -dice sonriente Delia Oyarzabal-. Pero le aseguro que no puedo estar más contenta. Salude al doctor Grady de mi parte la próxima vez que hable con él.