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En busca de un amigo

El empleado de la funeraria para animales le dio a Estanis una pequeña urna de resina con las cenizas de Tip.

—Gracias —dijo Estanis quedándose mirando la foto de Tip.

La cara negra con un parche blanco alrededor del ojo izquierdo de su fiel border collie le miraba desde la cubierta de resina transparente. Estaba tan majo, su amigo, su fiel amigo…

—Vamos, papá – la dijo su hija Daniela, poniéndole una mano sobre el hombro.

El dueño de la funeraria esperaba a la salida con aire compungido.

—Les acompaño en el sentimiento. Y recuerden: si lo desean las cenizas de su amigo pueden ir al cielo, ya saben, volver a ser polvo de estrellas —dijo señalando con el dedo hacia arriba. Hacía referencia al servicio de lanzamiento de cenizas con cohete.

Estanis negó con la cabeza y caminó hasta el coche de su hija. Sabía perfectamente dónde quería que estuvieran las cenizas de su compañero. Tras quince años juntos lo que no iba a hacer era lanzarlo como un Sputnik. No. Las cenizas de Tip descansarían en el jardín de su casa, mirando al Cantábrico, donde habían pasado tan buenos momentos juntos.

Y así, lo hizo. Cuando llegaron, fue hasta la caseta de Tip que estaba bajo el manzano del jardín y esparció las cenizas alrededor del árbol y de la caseta. Luego se despidió de su hija, que debía volver a Madrid, y se fue a dormir. No tenía ánimo ni para cenar.

A la mañana siguiente, Estanis, de despertó abriendo los ojos de par en par y se levantó excitado. Fue directamente a por la tablet que le había regalado Daniela para que pudiera ver a sus nietos de vez en cuando. Buscó durante un buen rato, tecleando ansioso sobre la pantalla hasta que sus ojos se iluminaron. Luego inició la aplicación de videollamada. Su hija apareció en la pantalla con aire somnoliento.

—Hola. ¿Has llegado bien? – preguntó Estanis.

—Sí, papá – respondió Daniela fastidiada, porque la despertara—, pero sólo hace tres horas que he llegado a casa. Tengo que descansar un poco, para ir al trabajo en… dos horas. ¿Qué quieres?

—Nada, hija. Sólo quería que supieras que me voy a Francia. Volveré en unos días.

—¿A Francia? ¿Qué se te ha perdido en Francia?

—Nada, hija. Cosas mías. Estate tranquila.

—Está bien, papá. Tú verás. Ya eres mayorcito.

Estanis, excitado como un niño, llenó una bolsa con algo de ropa y su neceser, cogió la tablet y el teléfono y salió hacia la estación.

Horas más tarde, montado en un traqueteante tren de cercanías, que atravesaba las llanuras del Perigord, Estanis empezó a dudar. ¿Acaso no era una locura todo aquello? Pero, había sido tan real, tan vívido. Recordó lo que había soñado. Llegaba en un tren hasta una vieja estación en un bonito pueblo, precioso, como una maqueta. Luego iba caminando hasta una granja. “Ferme La Fosse” rezaba el cartel de madera de la entrada. Y desde allí. Desde la entrada, lo veía. Tip, cuando era un cachorro, corriendo tras los patos, como un pastor de patos. Cuando se fijó en él, se olvidó de los patos y se acercó a la valla. Estanis metió la mano a través de las tablas y Tip, tras olerla un poco, la lamió y ladró amistoso.

Estanis respiró hondo. La suerte estaba echada y una vez allí no podía hacer nada más que comprobar si su sueño tenía algo de verdad. Así que se bajó del tren en la misma estación que había visto en su sueño y siguió mirando la ruta en su tablet, caminó hasta una granja. “Ferme La Fosse” leyó en el mismo cartel que había visto en su sueño. Miró al interior de la valla y vio los patos, que comían del suelo los granos de maíz que les arrojaba una oronda grajera francesa. No vio ni rastro de Tip.

A un gesto de Estanis, la señora se acercó y con su oxidado francés el hombre le explicó que buscaba un perro, un cachorro negro con un parche blanco en el ojo izquierdo. La señora sonrió y pidió a voces a un tal Charles que asomó por la puerta del granero, que trajera los perros.

Charles vino con una border collie que traía tras de sí una camada de cuatro cachorros. A Estanis se le iluminó la cara por un momento, pero tras analizar a todos los cachorros uno por uno, no, Tip no estaba allí. De rodillas, derrotado, Estanis derramó unas lágrimas. Uno de los cachorros, una hembra con dos parches blancos, uno en cada ojo, le saltó encima y le lamió las lágrimas.

—¿Cuánto quiere por ésta? – preguntó.

Los granjeros se miraron y la señora hizo un gesto de asentimiento.

—Para usted – dijo Charles—. Nosotros no podemos cuidarlos todos.

Y así con la perrita siguiéndole, Estanis buscó un hotel y pasó una semana visitando viñedos y chateaux.

Poco a poco fue recobrando el buen humor y para cuando volvió a su casa en Hondarribia, volvía a tener su habitual aire afable y risueño. Con la perrita, a la que en un alarde de imaginación llamó Tipi, entró en el jardín y ambos se acercaron a la caseta de Tip. Tipi olisqueó los alrededores y finalmente tomó posesión de sus nuevos dominios entrando en la caseta.

Estanis recordó a su amigo Tip y dijo para sí.

—Bueno, amigo, te he traído una compañera. Te hubiera gustado. Es muy maja y cariñosa.

En ese momento Tipi asomó su cabecita por la puerta de la caseta y soltó un ladrido.

Estanis la miró sonriendo y oyó un segundo ladrido justo antes de que otro cachorro, con un solo parche blanco en el ojo izquierdo, saliera disparado de la caseta y saltase sobre él.