Picor

Sara se acostó sobre las diez y media de la noche como casi todos los días. Procuraba ser disciplinada con sus horas de sueño pues, si no lo era, se pasaba el día bostezando y eso la molestaba sobremanera. Además solía estar muy irritable. No se aguantaba ni ella misma, así que por su propio bien, procuraba acostarse sobre las diez y media, leer media hora, apagar la luz sobre las once, o antes si le entraba el sueño, y levantarse a las siete de la mañana para ir a trabajar.

Aquella noche su marido Enrique tenía guardia, así que tras leer unas cuantas páginas de «Un punto azul pálido» de Carl Sagan, apagó la luz y, sin los ronquidos habituales, se durmió antes de que pasara un minuto.

De repente, una ráfaga de aire en la persiana la despertó. Miró el despertador de leds luminosos y vio que era la una de la madrugada. Volvió a cerrar los ojos y enroscándose en las sábanas se dejó caer en los brazos de Morfeo. Pero Morfeo ya no estaba. Un contratiempo en su plan de dormir hasta las siete de la mañana, un picor en la parte interior del dedo meñique del pie derecho comenzó a desvelarla.

Por entre las sábanas acercó su mano al pie y buscó el punto en el que notaba el picor. Se rascó un poco e intentó dormirse nuevamente. Sin embargo el picor volvió a aparecer. Pensó en dejarlo estar, aguantarse un poco a ver si desaparecía por sí solo. Un segundo, dos segundos, tres… antes de llegar a los diez segundos un espasmo involuntario le sacudió la pierna.

No se atrevía a abrir los ojos más de la cuenta por miedo a desvelarse totalmente, por que eso sí que la enfadaba, así que manteniendo los ojos cerrados, intentando conservar el sopor, maniobró entre las sábanas para hacerse con la cenefa de una de ellas y pasarla por entre el dedo meñique y su vecino. Sintió cosquillas al hacerlo, pero cuando comenzó a mover el pie llegó el alivio. Aquello sí que rascaba bien. ¡qué gusto!

Volvió a acomodarse de nuevo, a ver si conseguía llegar a la caverna de Érebo en la que moran los Óniros. Ni hablar, decía su dedo meñique. Otra vez ese maldito picor, esa millonésima expresión del dolor que reptaba por la cara interior de su dedo. Harta de la molestia, se quitó de un golpe las sábanas, salió de la cama y comenzó a pegar saltos sobre su pie derecho. Un minuto saltando hasta que se convenció de que ya no notaba nada; que el picor ya se había esfumado.

Ditasea, se dijo. Ya estaba desvelada. A ver cómo coño se dormía ahora. Se dejó caer de cara en la cama, agotada. Como si se le hubiera enredado un pelo en el dedo, una mínima punzada volvió a hacer acto de presencia. ¡Por Dios! Salió corriendo de la habitación y fue al baño. Del armario cogió una toalla de tocador que había recogido del tenderete esa misma tarde. Una toalla que había pasado todo el día tendida al sol. Seca. Bien seca. Completamente acartonada. Puso el pie sobre la tapa del váter y comenzó a frotar el dedo con la toalla. Le dio con ganas, para que no quedasen dudas de su esfuerzo por erradicar el insoportable cosquilleo. ¡Qué gusto! Dejó el dedo rojo como un pimiento.

Cuando terminó, parecía que ya estaba, que la fricción desaforada había surtido efecto. Su dedo latía y una dulce sensación de alivio emanaba de él a todo su cuerpo. Sara dejó la toalla, apagó la luz del baño y a oscuras intentando reconciliarse consigo misma y con su meñique, volvió a su habitación y se acostó.

Con los ojos cerrados comenzó a usar sus habituales trucos para dormirse. Tumbada boca arriba, bajo sus párpados orientó sus ojos hacia arriba, como si quisiera ver su cerebro desde dentro. Al mismo tiempo apoyó las yemas de los dedos y las palmas de sus manos en el colchón concentrándose en mantener ese contacto. Normalmente un par de minutos de ese ejercicio hacían que se durmiera como una niña, pero esta vez no. Desde dentro, desde la propia médula de la falange media del quinto dedo de su pie derecho comenzó a aflorar una sensación ya conocida. Como una serpiente minúscula, se abrió paso hasta la epidermis.

Desquiciada, Sara volvió a quitarse de encima las sábanas y se sentó en la cama, con la cara hundida en sus manos. Encendió la luz de la mesilla y miró a su dedo meñique con odio. Volvió a frotárselo con la mano, rascando con la uña, se puso la zapatilla y frotó el pie contra el forro interior de la misma, se levantó y le dio varias pataditas y alguna algo más fuerte a la pata de la cama. Dio vueltas por la habitación, se rascó todo el cuerpo, se tiró de los pelos, se pellizcó en otras partes del cuerpo para ver si el dolor hacía que se olvidara del picor. Fue a la cocina y preparó un barreño de agua con hielo y otro con agua casi hirviendo. Metió el pie en uno hasta casi congelarlo, sin resultado, y lo escaldó en el otro. Nada. No hubo forma.

Enrique llegó a las seis y media tras terminar su turno en la fábrica. Entró en casa a oscuras como siempre y fue al baño a desnudarse. Allí le llamaron la atención las toallas caídas del armario en el suelo. Salió descalzo y en calzoncillos del baño y se dirigió a la habitación. Al entrar en ella, notó el suelo algo húmedo, pero no le dio importancia.

Entró en la cama. Sara dormía plácidamente, como siempre. Se tapó y se arrimó a ella para darle un beso. Ella estaba de espaldas y el la rodeó desde atrás con su brazo derecho. Sara murmuró algo y se movió un poco y Enrique se acopló un poco más acercando sus piernas a las de ella. Creyó que estaba de suerte. Ella respondía a su acercamiento.

Entonces, notó algo en sus pies. Una humedad viscosa en el colchón. Qué demonios se dijo. Se separó y encendió la luz de la habitación. Vio un resplandor rojizo en sus pies y raudo levantó las sábanas. En el pie derecho de su mujer, un corte limpio había cercenado su dedo meñique y su lugar lo ocupaba un gran coágulo negruzco.
Sara, adormilada, sacó la mano de entre las sábanas y la llevó al interruptor de la pared al lado del cabecero de la cama y apagó la luz.