Un mundo sin piedras

Elorrondoko bidea 1985

A las 6 de la mañana uno piensa en cosas extrañas. Hoy, me he encontrado en el suelo al salir de casa un envoltorio de las galletas que dan en el Miren. “¡Hombre!”, he pensado. “Hasta aquí llegan”. Seguidamente he pensado en el trabajo de los barrenderos y en que hay poca porquería por las esquinas, al menos desde casa hasta el parking. Y a continuación he pensado en que ni siquiera hay piedras.

Cuendo eramos niños íbamos a la ikastola por el camino de Elorrondo. Era un camino de grava que en invierno estaba lleno de agujeros y de charcos y en verano había polvo, lagartijas y ortigas y zarzales en las esquinas. Más de una vez por ese camino nos entretuvimos tirando piedras a los postes de la luz, a los propio cables de la luz (zing, zing) o simplemente al prado, a ver quién lanzaba más lejos. Recuerdo que Oskar solía tirar bastante lejos. Quiero creer que colaborábamos bastante en la creación de agujeros del camino. Más de una vez se cagaría en nosotros Paco, nuestro vecino, al segar la hierba y chocar el filo de su guadaña contra nuestras piedras.

Hoy en día ese camino tiene dos carriles, dos aceras y aparcamientos a los lados. Hay un buen polideportivo y es difícil encontrar una piedra. No digamos ya tirarla. ¿Adónde la tiramos? ¿A las casas que hay a ambos lados del camino? ¿Al polideportivo? ¿Al bidegorri?

En Oiartzun saliendo un poco del casco urbano se pueden encontrar todavía piedras y en otros pueblos pequeños supongo que pasa lo mismo. Pero las ciudades son otro cantar y estoy seguro de que hay niños hoy en día que no han tirado una piedra en su vida. Y, aunque como adulto me moleste que los niños tiren piedras en mi presencia (parece que va con el carnet de adulto), ¿acaso se puede llegar a ser adulto sin haber tirado antes alguna piedra?

Nota: desde aquí quiero dar las gracias a Rafael Labandibar por el trabajo fotográfico realizado durante años y gracias al cuál esta foto que he encontrado en Euskomedia ha llegado a mi blog. Eskerrikasko, Rafael.

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