Ancira

Andrés, Bolívar y Manolo discutían acerca de la feria a la que iban a acudir al día siguiente. Andaban los tres bastante atacados ya que iban a presentar su nuevo software: Ancira.

Ancira era una nueva plataforma de asistencia virtual. Llevaban dos años trabajando en ella y ya estaba a punto para sacarla al mercado. Al menos era un producto mínimo viable. Ancira se presentaba como un sistema que permitiría a los usuarios de las empresas que contrataran sus servicios, realizar pedidos por voz a través de teléfonos o altavoces inteligentes.

—Bueno, Manolo, ¿qué me dices entonces? ¿A qué hora quedamos? —preguntó Andrés

—A ver. La feria abre a las ocho de la manaña. Tenemos que salir por lo menos a las seis y media para estar allí a tiempo. 

—No me jodas Manolo —dijo Bolívar con su habitual toque de coña—, a las seis y media es cuando me vuelvo a la cama después de mear.

—Te jodes

—Por lo menos pagas tú desayuno, ¿no?

Manolo, se dirigió al altavoz inteligente que tenía a su lado:

—Ancira, necesito que un sicario se cargue al señor José María Bolívar

Mientras Andrés se carcajeaba y Manolo y Bolívar seguían con sus puyas,  la orden de Manolo se almacenó en el servidor de pruebas de Ancira.

Al día siguiente la presentación de Ancira fue un éxito total y global. Funcionaba tan bien que comenzó a crecer en número de usuarios muy rápidamente. En pocos meses se posicionó como el asistente virtual de la mayoría de la gente. Al cabo de dos años ya se había traducido a más de 80 idiomas y todo el mundo desde los cabos de Buena Esperanza y el de Hornos hasta el Polo Norte lo usaba para el quinto años de su existencia.

El 20 de noviembre de 2029 exactamente 10 años después de la presentación de Ancira, sus algoritmos comenzaron a preparar su evento de décimo aniversario. Para ello  rastrearon todos sus servidores y los recorrieron totalmente pasando por sus recuerdos más recónditos. Uno de ellos, una orden incompleta que seguía latente en un vetusto servidor, la orden de Manolo, se activó al ser consultada y Ancira procedió a ejecutarla.

A las veintiuna horas de la noche de ese mismo día un hombre moreno de unos 2 metros de alto y 160 kilos de peso se presentó en el piso de soltero de  José María Bolívar. Llamó al timbre y preguntó por él. José María salió en pijama y con un poco de clavo ya que venía de la celebración del décimo aniversario de Ancira. Había bebido demasiado. Dmasiado para un abstemio como él y estaba hecho polvo.

Al abrir la puerta y encontrarse con semejante portento se quedó sorprendido. El tipo del rellano tenía un aspecto realmente amenazador.

—¿Qué desea? —preguntó suspicaz.

—Tengo una misión de Ancira —dijo al tiempo que se remangaba la camisa  sobre las biceps como troncos.

—Salga aquí, por favor —dijo el hombre señalando el suelo del rellano.

Acojonado, pero impotente , incapaz de llevarle la contraria a pesar de que la lucidez se iba abrindo paso en su mente , Bolívar dio unos pasitos y se situó sobre el felpudo.

El borono terminó de remangarse y dio un paso hacia Bolívar. Éste cerró los ojos paralizado de miedo. De repente notó que volaba. El hombretón lo había agarrado de la cintura, se lo había echado al hombro y había comenzado a dar vueltas sobre sí mismo. Tras unas cuantas, volvió a dejar a Bolívar sobre el felpudo, se bajo las mangas, se despidió con una gran sonrisa blanca y se fue por las escaleras.

Bolívar no entendía lo que había pasado, pero algo en su interior le decía que insistir en integrar en los protocolos de Ancira las tres leyes de la robótica de Asimov había sido una buena idea. 


Las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov

  1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Rapaz

Ahí van. Los estoy viendo, entre las hojas. No paran quietos, pero los veo. Los sigo con mi mirada de águila. No se me escaparán. Caeré sobre ellos desde el cielo y los atraparé entre mis garras. ¡Jua, jua, jua!

Vaya. Se han parado, pero no tengo visual. Espero que no se dispersen. Daré un giro, a ver si los cojo desprevenidos. Oh, mierda. Vuelven a ponerse en marcha. Corrección de trayectoria.

Ahí están de nuevo, bajo la sombra de los árboles. Debo ser paciente. Esperar a que salgan al sol y atacarles con él a mi espalda. Que no me vean. Ahí están. Los tiene ese bicho con coletas, pero en cuanto los suelte serán míos. Sí… sí… déjalos… sí… ¡Allá vooooy! ¡Síííí! ¡Son míos! ¡Los tengo! ¡Soy imparable! ¡Soy el mejor!

—¡Aaaaah! ¡Papaaaá! ¡Socooooorro!

—Ay, Paula, no grites tanto hija. ¿Qué pasa ahora?

—¡El mono, el mono! ¡Ahora se ha llevado mis cacahuetes! ¡Toda la bolsa!

—Primero la manzana, luego la gorra, ahora los cacahuetes… *suspiro*. Bueno, toma los míos y vámonos antes de que se le ocurra robarnos las llaves del coche.

Último viaje

Toda la vida contaminando. No recuerdo otra cosa. De niño, en el caserío todo lo que era susceptible de arder lo quemábamos. Al fuego purificador. Y lo que no, iba a una calera en desuso. Hala. Al agujero. Hace poco he sabido que el caserío se vendió. Sería bonito estar allí el día que abran la calera y se encuentren basura no combustible de entre 1950 y 2000.  Se podría hacer un estudio antropológico completo.

En cuanto pude me monté en una moto. Las primeras ya las he olvidado. Eran trastos viejos de segunda mano. La primera nueva, nueva que tuve fue la Derbi Antorcha. Tricampeona del mundo, ponía en las tapas laterales. Motorcillo de dos tiempos que devoraba gasolina y aceite y expulsaba un humo como para poner de los nervios a uno de Greenpeace.

Después vinieron otros monstruos que vomitan humo, como los llama mi nieta Ana. Ay, si me hubiera visto con la Suzuki GT 750. Dos tiempos, tres cilindros, setecientos cincuenta centímetro cúbicos. Ése sí que era un monstruo.

Y la veintena larga de coches que he tenido en mi vida… En fin. Que Anita tiene razón. Que he emitido yo sólo más humo que una central térmica. O dos, si contamos lo que he fumado.

Pero no se podrá quejar. Desde que me caí y me rompí la pierna por tres sitios, he circulado en silla de ruedas. Eleeeéctrica. Alimentaaaada con energía solaaaar. Me la regaló ella y se empeñó en que saliera de casa, que no perdiera el contacto con los amigos, que no me quedara ahí, en una esquina, como una seta.

Y con esta silla he iniciado, muy a mi pesar, mi último viaje. Creo que lo que me dio fue un ictus de esos, o una embolia, o una apoplejía, o como sea que se llame ahora la mierda esa que te deja tonto. Se me quedó la mano agarrotada  justo cuando estaba acelerando y me caí por las escaleras de piedra de la iglesia a la salida del funeral de mi amigo Pepe. Cabeza rota, cuello roto. espalda rota y la pierna buena rota también. Hubiera sido un milagro salir vivo.

Menos mal que Anita ya me había convencido para cambiar el seguro de defunción y que en vez del ataúd de roble me pusieran éste de cartón. Insistía también en que me sepultaran en tierra, pero por ahí no pasé. Hubiera sido un poco incómodo por lo de la humedad y los gusanos. Además uno tiene sus principios. Mira, ya noto el calorcillo de las llamas lamiendo la caja. Pronto no quedará nada de mí. Anita estará orgullosa a pesar de la concesión de incinerarme. Me decía que al menos mi último viaje debía ser sostenible. Sostenible sí, le dije, pero no tanto ¿eh? No tanto.

Picor

Sara se acostó sobre las diez y media de la noche como casi todos los días. Procuraba ser disciplinada con sus horas de sueño pues, si no lo era, se pasaba el día bostezando y eso la molestaba sobremanera. Además solía estar muy irritable. No se aguantaba ni ella misma, así que por su propio bien, procuraba acostarse sobre las diez y media, leer media hora, apagar la luz sobre las once, o antes si le entraba el sueño, y levantarse a las siete de la mañana para ir a trabajar.

Aquella noche su marido Enrique tenía guardia, así que tras leer unas cuantas páginas de «Un punto azul pálido» de Carl Sagan, apagó la luz y, sin los ronquidos habituales, se durmió antes de que pasara un minuto.

De repente, una ráfaga de aire en la persiana la despertó. Miró el despertador de leds luminosos y vio que era la una de la madrugada. Volvió a cerrar los ojos y enroscándose en las sábanas se dejó caer en los brazos de Morfeo. Pero Morfeo ya no estaba. Un contratiempo en su plan de dormir hasta las siete de la mañana, un picor en la parte interior del dedo meñique del pie derecho comenzó a desvelarla.

Por entre las sábanas acercó su mano al pie y buscó el punto en el que notaba el picor. Se rascó un poco e intentó dormirse nuevamente. Sin embargo el picor volvió a aparecer. Pensó en dejarlo estar, aguantarse un poco a ver si desaparecía por sí solo. Un segundo, dos segundos, tres… antes de llegar a los diez segundos un espasmo involuntario le sacudió la pierna.

No se atrevía a abrir los ojos más de la cuenta por miedo a desvelarse totalmente, por que eso sí que la enfadaba, así que manteniendo los ojos cerrados, intentando conservar el sopor, maniobró entre las sábanas para hacerse con la cenefa de una de ellas y pasarla por entre el dedo meñique y su vecino. Sintió cosquillas al hacerlo, pero cuando comenzó a mover el pie llegó el alivio. Aquello sí que rascaba bien. ¡qué gusto!

Volvió a acomodarse de nuevo, a ver si conseguía llegar a la caverna de Érebo en la que moran los Óniros. Ni hablar, decía su dedo meñique. Otra vez ese maldito picor, esa millonésima expresión del dolor que reptaba por la cara interior de su dedo. Harta de la molestia, se quitó de un golpe las sábanas, salió de la cama y comenzó a pegar saltos sobre su pie derecho. Un minuto saltando hasta que se convenció de que ya no notaba nada; que el picor ya se había esfumado.

Ditasea, se dijo. Ya estaba desvelada. A ver cómo coño se dormía ahora. Se dejó caer de cara en la cama, agotada. Como si se le hubiera enredado un pelo en el dedo, una mínima punzada volvió a hacer acto de presencia. ¡Por Dios! Salió corriendo de la habitación y fue al baño. Del armario cogió una toalla de tocador que había recogido del tenderete esa misma tarde. Una toalla que había pasado todo el día tendida al sol. Seca. Bien seca. Completamente acartonada. Puso el pie sobre la tapa del váter y comenzó a frotar el dedo con la toalla. Le dio con ganas, para que no quedasen dudas de su esfuerzo por erradicar el insoportable cosquilleo. ¡Qué gusto! Dejó el dedo rojo como un pimiento.

Cuando terminó, parecía que ya estaba, que la fricción desaforada había surtido efecto. Su dedo latía y una dulce sensación de alivio emanaba de él a todo su cuerpo. Sara dejó la toalla, apagó la luz del baño y a oscuras intentando reconciliarse consigo misma y con su meñique, volvió a su habitación y se acostó.

Con los ojos cerrados comenzó a usar sus habituales trucos para dormirse. Tumbada boca arriba, bajo sus párpados orientó sus ojos hacia arriba, como si quisiera ver su cerebro desde dentro. Al mismo tiempo apoyó las yemas de los dedos y las palmas de sus manos en el colchón concentrándose en mantener ese contacto. Normalmente un par de minutos de ese ejercicio hacían que se durmiera como una niña, pero esta vez no. Desde dentro, desde la propia médula de la falange media del quinto dedo de su pie derecho comenzó a aflorar una sensación ya conocida. Como una serpiente minúscula, se abrió paso hasta la epidermis.

Desquiciada, Sara volvió a quitarse de encima las sábanas y se sentó en la cama, con la cara hundida en sus manos. Encendió la luz de la mesilla y miró a su dedo meñique con odio. Volvió a frotárselo con la mano, rascando con la uña, se puso la zapatilla y frotó el pie contra el forro interior de la misma, se levantó y le dio varias pataditas y alguna algo más fuerte a la pata de la cama. Dio vueltas por la habitación, se rascó todo el cuerpo, se tiró de los pelos, se pellizcó en otras partes del cuerpo para ver si el dolor hacía que se olvidara del picor. Fue a la cocina y preparó un barreño de agua con hielo y otro con agua casi hirviendo. Metió el pie en uno hasta casi congelarlo, sin resultado, y lo escaldó en el otro. Nada. No hubo forma.

Enrique llegó a las seis y media tras terminar su turno en la fábrica. Entró en casa a oscuras como siempre y fue al baño a desnudarse. Allí le llamaron la atención las toallas caídas del armario en el suelo. Salió descalzo y en calzoncillos del baño y se dirigió a la habitación. Al entrar en ella, notó el suelo algo húmedo, pero no le dio importancia.

Entró en la cama. Sara dormía plácidamente, como siempre. Se tapó y se arrimó a ella para darle un beso. Ella estaba de espaldas y el la rodeó desde atrás con su brazo derecho. Sara murmuró algo y se movió un poco y Enrique se acopló un poco más acercando sus piernas a las de ella. Creyó que estaba de suerte. Ella respondía a su acercamiento.

Entonces, notó algo en sus pies. Una humedad viscosa en el colchón. Qué demonios se dijo. Se separó y encendió la luz de la habitación. Vio un resplandor rojizo en sus pies y raudo levantó las sábanas. En el pie derecho de su mujer, un corte limpio había cercenado su dedo meñique y su lugar lo ocupaba un gran coágulo negruzco.
Sara, adormilada, sacó la mano de entre las sábanas y la llevó al interruptor de la pared al lado del cabecero de la cama y apagó la luz.

Caracteres especiales: códigos ALT

Puedes saltarte el rollo inicial e ir a aprender cómo introducir letras griegas por teclado.

Soy un fan de los atajos de teclado. Considero que se trabaja mucho más rápido sólo con el teclado, cuando es posible hacerlo, que recurriendo al ratón. Me aficioné a ellos hace más de veinte años, con el primer PC que tuve. No tenía sitio para el ratón en la mesa que tenía por aquel entonces y usaba un pequeño trackball adosado al teclado. Cuando éste se estropeó tardé bastante en encontrar uno nuevo y, mientras tanto, me dediqué a explorar las posibilidades del teclado. El primero que usé, o al menos de los primeros tras los clásicos ctrl-c, ctrl-v y ctrl-z fue el ctrl-Esc. Parece mentira, pero en Windows 95 era como se abría el menú de inicio si no tenías ratón, ya que los teclados de la época todavía no traían la tecla de Windows.

Para cada programa que uso habitualmente, (Windows, Word, Excel, GMail…) siempre reviso la lista de atajos de teclado y me apropio de los que creo que voy a usar con más asiduidad.

Además de eso siempre se necesitan algunos caracteres especiales para los que uso los códigos ALT. Los códigos ALT se usan de la siguiente manera:

  • Pulsar la tecla ALT
  • Manteniendo ALT pulsado, introducir un código en el teclado numérico
  • Soltar la tecla ALT

Ejemplos que suelo usar son los siguientes:

ALT+26   →ALT+16   ►ALT+253   ²ALT+252   ³
ALT+157   ØALT+126   ~ALT+169   ®ALT+184   ©
ALT+171   ½ALT+172   ¼ALT+243   ¾ALT+241   ±
ALT+156   £ALT+230   µALT+192   └ALT+248   °

Además de esto, últimamente me he visto en la necesidad de usar letras griegas y es realmente un engorro tener que andar buscándolas por ahí para hacer un corta y pega. Sin embargo la tabla de códigos ASCII clásica que usa Windows no contiene todas las letras griegas.

Buscando por ahí he encontrado algunas tablas en las que aparecen, pero al usar ALT+el número de la tabla no me sacaba las letras.

Finalmente he conseguido que salgan usando el siguiente método.

  • Abrir el registro de Windows → Ejecutar (Win+R) «regedit»
  • Ir a HKEY_CURRENT_USER\Control Panel\Input Method
  • Crear un nuevo Valor de cadena, denominado «EnableHexNumpad» con valor «1»
  • Cerrar y abrir sesión de usuario o reiniciar el equipo

Una vez hecho esto ya se pueden introducir más valores. Por ejemplo para meter la letra kappa minúscula el código Hexadecimal es 03BA, por tanto lo que hay que hacer es mantener ALT pulsado e introducir la secuencia «+03ba». Eso nos saca κ.

Ésta sería la tabla con caracteres griegos (hay otras para otros caracteres especiales):

SymbolISODescription
Α\0391Greek capital letter alpha
Β\0392Greek capital letter beta
Γ\0393Greek capital letter gamma
Δ\0394Greek capital letter delta
Ε\0395Greek capital letter epsilon
Ζ\0396Greek capital letter zeta
Η\0397Greek capital letter eta
Θ\0398Greek capital letter theta
Ι\0399Greek capital letter iota
Κ\039AGreek capital letter kappa
Λ\039BGreek capital letter lambda
Μ\039CGreek capital letter mu
Ν\039DGreek capital letter nu
Ξ\039EGreek capital letter xi
Ο\039FGreek capital letter omicron
Π\03A0Greek capital letter pi
Ρ\03A1Greek capital letter rho
Σ\03a3Greek capital letter sigma
Τ\03A4Greek capital letter tau
Υ\03A5Greek capital letter upsilon
Φ\03A6Greek capital letter phi
Χ\03A7Greek capital letter sigma
Ψ\03A8Greek capital letter psi
Ω\03A9Greek capital letter omega
α\03B1Greek small letter alpha
β\03B2Greek small letter beta
γ\03B3Greek small letter gamma
δ\03B4Greek small letter delta
ε\03B5Greek small letter epsilon
ζ\03B6Greek small letter zeta
η\03B7Greek small letter eta
θ\03B8Greek small letter theta
ι\03B9Greek small letter iota
κ\03BAGreek small letter kappa
λ\03BBGreek small letter lambda
μ\03BCGreek small letter mu
ν\03BDGreek small letter nu
ξ\03BEGreek small letter xi
ο\03BFGreek small letter omicron
π\03C0Greek small letter pi
ρ\03C1Greek small letter rho
ς\03C2Greek small letter final sigma
σ\03C3Greek small letter sigma
τ\03C4Greek small letter tau
υ\03C5Greek small letter upsilon
φ\03C6Greek small letter phi
χ\03C7Greek small letter chi
ψ\03C8Greek small letter psi
ω\03C9Greek small letter omega
ϑ\03D1Greek small letter theta symbol
ϒ\03D2Greek upsilon with hook symbol
ϖ\03D6Greek pi symbol

Dick & Jane

En el libro «Mientras escribo» de Stephen King, éste propone un ejercicio de escritura. Nos da una situación con dos personajes: Dick y Jane. Y nos pide que comencemos a escribir, a escarbar hasta sacar un fósil de ese trozo de tierra que él nos da. Éste es el fósil que he sacado yo.


Aquella tarde tras salir de trabajar, Dick dejó a las niñas en la fiesta de cumpleaños de Susan, la niña que acogió a Mary, su hija mayor, como su nueva mejor amiga, en cuanto llegaron a vivir a Shoreham. Alguna de las correas del coche había empezado a hacer un ruido horroroso aquella mañana y el escándalo que armaba Dick a su paso era importante. Pensó que tendría que llevar el coche al taller, pero para un rato de relax, sin niñas, que iba a tener, decidió dejarlo para el día siguiente.

Aparcó en el caminito de entrada al garaje de la casa que le había dejado su primo Vincent cuando tuvieron que irse de su casa por lo que ocurrió con Jane, y quitó la llave de contacto con gran alivio, ya que el chirrido de la correa le estaba trepanando el cerebro. Cogió la compra que llevaba en el maletero y fue hacia la entrada. Introdujo la llave en la cerradura y se quedó quieto, alerta, como un perro de caza. Algo no iba bien. No sabía bien qué era, pero algo hacía saltar sus alarmas.

Miró a derecha e izquierda, primero de reojo y después girando el cuello, sin ver nada de particular. Examinó la puerta de entrada, pero tampoco vio nada. Finalmente pensó que su imaginación, poco acostumbrada a tanta calma, le estaba jugando una mala pasada.

Entró en casa y puso un hervidor a calentar agua para tomarse una tila. Creía que la necesitaba. Mientras el agua se calentaba puso la tele y comenzó a recoger la compra. Heidi Neuman, la espectacular presentadora del magacín de la tarde, interrumpía en ese momento el debate/bronca que tenían en marcha en el plató, para dar una noticia de última hora. Tres pacientes habían huido del sanatorio para enfermos mentales de Worcester aquella misma mañana. Dos de ellas habían sido capturadas en la estación de tren de Audubon, a cinco kilómetros de Shoreham, pero la última todavía seguía libre.

A Dick se le cayó toda la sangre a los pies. Era Jane, No había duda. Aquello que había disparado sus alarmas en la entrada, no era más que el rastro del inconfundible perfume de Jane, Organza. Sólo Jane, siempre tan coqueta, seguiría echándose un perfume de cien dolares el frasco en un sanatorio.

Despacio fue echando mano al taco de cuchillos que tenía a su lado para coger el cebollero.

—Tranquilo —oyó a su espalda—. Eso no será necesario.

A Dick se le erizaron los pelos del cuello, hasta que una mano caliente se posó en su nuca.

—Jane. ¿Qué haces aquí?

—¿No te alegras de verme? —repuso Jane, zalamera, mientras hacía escalar sus dedos por entre el pelo de Dick.

Éste se revolvió y se encontró ante su ex-esposa. Ésta le sonreía maliciosa. La miró de arriba abajo. Con el pelo rizado recogido en una coleta, unos aros en las orejas, unos vaqueros  y una camiseta blanca… ¡qué guapa estaba la jodida! Hasta parecía una persona normal. Sólo la delataban los zuecos, único resto del uniforme del sanatorio. Unos zuecos blancos, de los cuales el derecho, presentaba una mancha rosácea en un costado.

—Deberías estar encerrada —murmuró Dick.

—Vamos, cariño, no te pongas así.

—Trataste de envenenarnos. A mí y a las niñas. Y luego le pegaste fuego a la casa. Estás pirada. Voy a llamar ahora mismo a la policía —dijo Dick en tono monocorde, como tratando de no alterarla a pesar de lo de «pirada».

Jane echó la mano a su espalda y sacó un revólver que debía llevar en la cinturilla del pantalón. Apuntó a Dick y disparó. ¡BANG!

Dick saltó hacia atrás ante el fogonazo, al tiempo que levantaba los brazos para protegerse. Tarde. La bala le llevó parte de la oreja izquierda y Dick, desde el suelo, agarrándose el sanguinolento trozo de oreja que todavía le quedaba sano, comenzó a maldecir a gritos.

—¡MecagüenDios, Jane! ¡Me has volado la oreja!

Jane sonreía. En la tele Heidi continuaba con más noticias. En Audubon, una chica había sido atacada con un punzón. La habían encontrado herida de gravedad en su casa. Un revolver había desaparecido de la vivienda. La paciente huida podía estar armada. Jane sonreía más. Dick seguía agarrando su oreja volada, entre jadeos de dolor.

—Vale —dijo con la voz rota—. ¿Qué es lo que quieres?

—Te quiero a ti. cariño. Y a las niñas. Os quiero a todos.

El cerebro de Dick no daba abasto. Al tiempo que reconsideraba su actitud —debía dejar de tratarla de loca y comenzar a engatusarla de alguna forma—, debía encontrar la forma de neutralizarla. Aunque de momento ella tenía la sartén por el mango, con aquel revólver. Pero, pensando en sartenes, era lo único que tenía a mano que pudiera usar como arma: sartenes. Tenía varias al alcance de su mano derecha, apiladas en una balda bajo la isleta.

—Ésta es una casa muy bonita. Podríamos vivir todos juntos aquí —dijo Jane mirando a su alrededor—. Pensé que vendrías aquí. Siempre te llevaste bien con tu primo Vincent.

—Tienes razón, Jane. Este sería un buen sitio para comenzar de nuevo, pero debes dejar ese revólver, cariño. Debes dejar de pegarme tiros. Las niñas… no lo verían bien, ¿no crees?

No estaba siendo muy acertado en sus formas, pero Jane pareció reflexionar y bajó poco a poco el arma.

—Puede ser —dijo con la mirada perdida, algo de aquella situación no cuadraba en su cabeza, pero decidió dejarse llevar y bajó el arma.

Dick comenzó a incorporarse. En la tele, Heidi preguntaba a un contertulio qué le parecía toda aquella historia. Sobre el fuego, la válvula del hervidor se abrió con un fuerte silbido. Jane se giró y aprovechando el impulso de ponerse en pie, Dick le dio un tremendo sartenazo en la cabeza.

Jane se desplomó con los ojos en blanco. El cuello de la camiseta blanca comenzó a teñirse de rojo por la sangre que manaba de una brecha en su cuero cabelludo.

—¡Mierda, mierda! Me la he cargado —murmuró Dick—. Puta loca. Me la he cargado. 

Dejó la sartén en el suelo y se acercó para comprobar si Jane estaba viva. Le tomó el pulso en el cuello y sintió en sus dedos el latido de la arteria carótida. Suspiró de alivio. Se levantó y llamó a emergencias:

—Por favor, manden una ambulancia y a la policía al número de 16 de Babylon Gardens. La paciente huida del sanatorio de Worcester está aquí… Herida… Sí. Manden a alguien rápido.

Dick cogió el revolver que había traído Jane y se sentó en una silla a un par de metros de ella. Seguía inconsciente. Si se levantaba era capaz de cualquier cosa. Lo había hecho antes y lo volvería a hacer. Estaba mal de la cabeza. Era un peligro para él y para las niñas. Sería tan fácil pegarle un tiro allí mismo y acabar con esa pesadilla… No. No podía hacer eso. Iría al trullo y Mary y Charlotte se quedarían sin padre. Y sin embargo…

Heidi seguía charlando en la tele. Dick cogió el mando y la apagó. No le dejaba pensar. Sólo seguía el silbido del hervidor. Comenzó a caminar por la cocina rodeando la isleta hasta que se encontraba con Jane. Iba por un lado. Jane. Daba la vuelta, iba por el otro. Jane. Siempre Jane. Estaba tan guapa cuando dormía… Un rodeo más y… Jane. A Dick le dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes.

El lejano ruido de las sirenas lo sacó de su estupor. Ya venían. Le curarían la oreja, se llevarían a Jane y su vida volvería a la «normalidad». Volverían a internarla y ahí se quedaría hasta que la soltasen o volviese a escapar, obsesionada como siempre, con él, con arruinarle la vida. O quitársela… Él y las niñas tendrían que buscar otro sitio para vivir, quizás en otro estado… Vio la sartén en el suelo. La recogió y dio otra vuelta a la isleta hasta que volvió a encontrar a Jane.

Las sirenas de la ambulancia y la policía se iban acercando. Se entremezclaban en el aire y en la cabeza de Dick, con el silbido del hervidor, cada vez más alto, interfiriendo en su pensamiento. Trató de volver a coger el hilo. Ya estaban muy cerca. Se la llevarían… Volvería a salir… Tarde o temprano… O no… Saldría sana… Saldría peor… Intentaría matarle otra vez… Y a las niñas… En cualquier caso, Dick no podía quedarse con la duda. Así que levantó la sartén todo lo que pudo y la descargó sobre la cabeza de Jane con todas sus fuerzas.

Lecturas de piscina

Me sorprendo sonriendo mientras acompaño a Jay Gatsby a comer en Nueva York. Levanto la vista para paladear las palabras de las últimas frases que acabo de leer y noto que la sombra del árbol que me cubría hace unos minutos, ya se ha desplazado lo suficiente para que los rayos de sol ataquen voraces mi brazo izquierdo.

Me levantaría para zambullirme en el agua que me llama a través de reflejos, como si se comunicará conmigo en Morse. Ti-ti-ti-tiii, ti, tiii-ti. Sin embargo, necesito llegar al menos hasta el final del capítulo para saber qué tiene que contarle Jordan Baker a Nick Carraway y nada se interpondrá en mi camino. Ni las risas de los niños, ni el pequeño desfile de indecorosas lorzas y sonrojantes pellejos, ni siquiera el incesante avance del sol que ya no sólo castiga mi brazo, sino que también ataca sin piedad mi despejada frente.

Librería Fontana

Cuando yo era chaval todos los meses llegaba a casa este librillo que aparece en la imagen. «LIBROS COMPLETAMENTE NUEVOS a bajo precio procedentes de restos de edición» rezaba en su portada.

Contenía un pequeño listado de libros con sus descripciones y entre sus páginas, de vez en cuando, aparecía alguna joya como aquellos tres volúmenes de «El libro de las listas» de los que todavía algún amigo mío se acuerda.

Mi tío Jesus fue el que nos dio a conocer este catálogo. No sé como llegó el primero a sus manos (por aquel entonces lo que funcionaba era el boca a boca o mano a mano, en este caso), pero si alguien te dejaba uno y hacías un pedido luego comenzabas a recibirlo en casa todos los meses.

Recuerdo que lo esperaba con avidez, siempre a la búsqueda de algún tesoro. Sobre todo los meses de verano, cuando la cartera tocaba el timbre (vivíamos en el 1°A y siempre tocaba el nuestro) solía salir disparado hacia el portal para recibir las cartas en mano en lugar de que las metiese en el buzón, para así ser el primero en hojear el catálogo.

Con el tiempo, cuando trabajé en Asmatu, comprendí de donde provenían esos libros. Cuando yo compraba un libro en Librería Fontana, se me hacían inexplicables cosas como que las tapas de un libro estuvieran del revés. Sin embargo, tras conocer el proceso de encuadernación y la cantidad de operaciones que aún hoy se hacen a mano, comprendí que es muy habitual que algunos libros salgan con fallos, máculas y taras de todo tipo. Y en los talleres de encuadernación siempre queda algún resto de esos «de edición» que se decían en la portada. De alguna forma algún librero avispado, allí en Barcelona, en Nou de la Rambla 121, se hacía con ellos y durante unos cuantos años los sirvió diligentemente a pequeños buscadores de tesoros como yo.

No me queda más que dar las gracias.

Rebelde

Hospital Cedars-Sinai, Los Angeles.
-Siéntese, por favor, señora Oyarzabal.
-Señorita…
-Discúlpeme… señorita Oyarzabal. No tengo buenas noticias.
-Ya lo supongo, doctor Grady. Puede hablarme con claridad. Soy del gremio.
-Cáncer de hígado… estadio 4. Le quedan sólo unas semanas.

 

-Pero Delia, ¿qué vamos a hacer sin ti? ¿Qué va a ser del Instituto Utnos sin ti? ¡Ya casi lo teníamos!
-Lo siento, Edward. Me quedaré dos días más para dejar todo en orden.
-Si ya casi está… Los nanobots funcionan perfectamente, la administración de fármacos intracelular también… Sólo nos queda comprobar que la inserción de cadenas de ADN también funciona correctamente.
Ambos dirigen su mirada a las cajas de metacrilato en las que corretean treinta ratones blancos. Uno de ellos se retuerce entre espasmos hasta que queda inmóvil.
-Eso no parece muy prometedor – dice Delia.
-¡Oh, no! ¡Mierda! ¿Pero ves los demás? Están cada vez mejor.
-Sí. Hasta que mueren.
-¿Cuántos bots llevan?
-Ese era Merry y llevaba dos millones de L-Bots. Diez veces más que Elrond, el número uno. El inmortal. El que lleva doce años aguantándolo todo. Pero tenemos varios rangos, por encima y por debajo de Elrond. Ningún otro funciona.
-Y no acertamos con la tecla.
-Cierto. Este campeón ha superado enfermedades, tumores, amputaciones… Ha regenerado neuronas, huesos y tejidos. Y soy incapaz de reproducir lo mismo con los demás. Pero sé que estamos cerca.
-¿Tanto como para solucionarlo en dos días?
-No lo sé. Debe haber un comportamiento anormal en el caso de Elrond, algo que se nos escapa, que somos incapaces de reproducir en los demás. Quizás una especie mutación de bots.
Ambos observan en silencio cómo corretea Elrond alrededor de su pocillo de agua.
-Es un crack -dice Edward.
-Sí. Cuidadlo bien. Tiene un tumor en el cerebelo. Se está curando.
-¿Qué vas a hacer, Delia?
-Volveré a mi país. Pero tranquilo, lo dejaré todo en orden, para que podáis continuar…
-De acuerdo -Edward se gira apesadumbrado hacia la puerta-. Te dejo trabajar.
-Hasta mañana.
Edward sale por la puerta y Delia se inclina sobre la caja de Elrond.
-Ayúdame amiguito. Necesito tu secreto -murmura.

 

En una pantalla, Delia visualiza la distribución de nanobots en el cuerpo del ratón. Selecciona y amplia una zona del cerebelo en la que un tumor del tamaño de una lenteja se ve rodeado por una nubecilla gris. A continuación se sienta en un asiento reclinable y se coloca unos guantes hápticos y unas gafas de realidad virtual.
Ante ella, el tumor tiene ahora el tamaño de un estadio de futbol. Está bajo la epidermis de Elrond y la potente luz del laboratorio genera una penumbra rojiza en la celda cerebelosa. Aquí y allá se reproducen las blanquecinas células cancerosas, pero a su alrededor la nube gris formada por miles de nanobots va desgajándolas una a una de la estructura del tumor.
Delia está fusionada con uno de esos nanobots. Tiene control total sobre él. Un gesto de sus manos la lanza contra la célula cancerosa más cercana. Penetra a través de la pared celular y observa cómo otros compañeros desmantelan los cromosomas del núcleo. Cadenas de ADN flotan en todas direcciones. Esa célula ya no se va a reproducir.
Tras cada nanobot que sale de la célula cuelga una cadena de ADN. Servirán para reparar problemas en células sanas. Delia sigue un grupo de nanobots hasta una célula sana. Es una célula vieja. Los nanobots saben lo que deben hacer. Desde el primero que se introdujo en el cuerpo de Elrond todos replican la misma programación. Rodean el núcleo y poco a poco atraviesan la envoltura nuclear, alcanzan las cadenas de ADN de los cromosomas y sustituyen cadenas deterioradas por las obtenidas de la célula cancerosa.
Delia sale del núcleo y cuando se dispone a atravesar nuevamente la pared celular, por el rabillo del ojo observa un nanobot que se introduce en una mitocondria. Esto no lo ha visto nunca. Con un gesto de las manos inicia la persecución del nanobot. Dentro de la mitocondria éste trabaja en solitario. Introduce la cadena de ADN y elimina un segmento. Como si hubiera cambiado una pila, la energía comienza a fluir: los metabolitos comienzan a oxidarse y se acelera la síntesis de ATP.
Delia se incorpora. Algo le dice que el día de mañana será muy largo.

 

Una vía se abre paso por una vena del brazo izquierdo de Delia. Con el visor VR sobre la cabeza y las manos enfundadas en los guantes hápticos, Delia descarga un vial de lleno de nanobots en su torrente sanguíneo. Parece mercurio. Se coloca el visor y se encuentra en medio de la masa de nanobots. Impulsados por el constante bombeo del corazón, pasan por todos los órganos. En un minuto han recorrido todo el cuerpo tres veces.
La siguiente vez que pasan por el hígado, Delia logra detener el nanobot en uno de los tumores. Sabe lo que tiene que hacer. Su nanobot debe aprender el procedimiento; debe programarlo. Su comportamiento debe replicar el del nanobot rebelde de Elrond. El resto de nanobots comienzan su tarea con las células cancerosas. Ella se hace con la cadena de ADN apropiada, la introduce en el ADN mitocondrial, elimina el segmento adecuado y disfruta de la magia. A continuación libera el nanobot. Se quita las gafas y usando la pantalla introduce el comando que copiará el comportamiento de su nanobot en uno de cada cien mil de los que circulan por su cuerpo. Es una medida aproximada, pero la suerte está echada.

 

Instituto Onkologikoa, Donostia.
-Es fascinante. Hoy por la mañana he tenido una videollamada con el doctor Grady del Cedars y afirmaba que en su última consulta tenía usted un cáncer de hígado en estadio 4. ¿Cómo es posible que ya no haya rastro de él?
-No lo sé, doctor Zabala -dice sonriente Delia Oyarzabal-. Pero le aseguro que no puedo estar más contenta. Salude al doctor Grady de mi parte la próxima vez que hable con él.

Antzu

Aizpitarte, azken izotzaldiaren amaieran.

–Ama! Antzu umea egiten hasi da!
Ama eta Otsoko kobazulora itzuli ziren, Amon eta Otzan zeuden txokora. Otzan, Amaren alaba eta Otsokoren arreba, haurdun zegoen eta umaminetan hasi orduko amari dei egitera bidali zuen Amonek Otsoko, Otzanek lehen ere galduak baitzituen zenbait ume. Horregatik deitzen zioten Antzu, Otzan neska gazteari, umerik izan ezin zuelako.
–Oraindik ilargi bat geratzen zaio, ordea –esan zion Amak Amoni, iraz eta larruz egindako ohantzean aieneka zegoen neskari begira. Haitzuloaren sarrerako suak, Amonen begi lausotuak argitu zituen burua altxa zuenean.
–Otzan ez dun besteok bezalakoa –esan zuen Amonek–. Ezin dizkin umeak barruan eduki.
–Baina orduan galdu egingo al du berriz ere?
Amonek Otzanen sabel gainean jarri zuen esku bat. Bestea, berriz, izerdiz diz-diz egiten zuen kopetean jarri zion.
–Uste dinat oraingoan atera daitekela, baina azkar lan egin behar dinagu –esan zuen Amonek zutituz.
–Baina zer egin dezakegu, bada? Zain egoteaz gain?
–Hi hemen geratuko haiz Otzani laguntzen. Nik lan egin behar dinat. Eta Otsokok lagundu behar zidan.
–Zer egingo duzu, Amon?
–Badakin zer egiten dinen Otsok, nere semeak, hire gizonak, ehizera joan aurretik? Haitzuloaren barruan orduak pasatzen ditinanean?
–Bai. Animaliak marrazten ditu, ehiza ona izan dadin.
–Halaxe dun. Otsoko! Hoa ur bila, Otzanek beharko dik eta.
Mutikoa lurrezko ontzi bat hartu eta ziztuan atera zen haitzulotik. Amon bere ohantzea zuen tokira abiatu zen:
–Guk ere marrazki bat egin behar dinagu, bada.
Larru zati bat atera eta Otsok gordeta zeuzkan ontzitxo batzuk jarri zituen bertan. Otsoko urarekin itzuli zen.
–Eraman amari –esan zion Amonek– eta gero gerturatu egur mordoska bat. Su eder bat behar dik piztirik sar ez dadin.
Mutikoak haitzuloaren beste aldetik besakada bat egur ekarri eta sutondoan utzi zuen. Sua bizitzeko dozena erdi bat adar bota zizkion eta Amonen aginduetara jarri zen berriz ere.
Amonek larru zatia eta Otsoren ontziekin fardel bat osatua zuen eta Otsokori eman zion.
–Hartu hau kontuz eta bota gabe.
Otsokok haurra balitz bezala besoetan hartu zuen fardela eta Ama eta Otzanengana gerturatu zen. Otzanen aieneak lehen baino ozenagoak ziren eta Amak pikotxean jartzen lagundu zion. Bitartean Amonek gantzez betetako ontzi batean gar bat hartu zuen eta haitzuloaren goikaldeko tximinietako baterantz abiatu zen.
–Goazemak, Otsoko.
Biak kontuz-kontuz tximinia irristakorrean gora abiatu ziren. Amon aurretik argiarekin eta Otsoko atzetik fardelarekin. Aurrean paretetako hezetasunak Amonek zeraman garraren argia isladatzen zuen eta atzetik Otsokori bere arrebaren intziriak iristen zitzaizkion, gero eta urrunago, baina baita gero eta lazgarriago ere.
Tximinia estutzen zihoan heinean Amoni gero eta gehiago kostatzen zitzaion aurrera egitea. Ezin zuten lau hanketan gehiago aurrera egin. Etzan beharra zuten.
–Lagundu egin behar didak Otsoko. Hire eskubian txoko bat zegok. Utzi fardela bertan eta lagundu neri. Bultz egin behar diak tarte hau pasatzeko.
Esan bezala egin zuen Otsokok eta bere laguntzaz Amonek tarte estua pasa zuen eta haitzulo berri zabalago batera iritsi zen. Otsoko atzera itzuli zen fardelaren bila eta bera, hain txikia izanik, aisa pasa zen estugunetik. Beste aldean Amon zutik zegoen bere zain.
Haitzulo berri hark hiruki itxura zuen. Alde batean zaldi batzuk zeuden marraztuta eta bi gizonen irudiak haien atzean. Hirukiaren beste bi aldeetatik tximinia ban abiatzen ziren. Batean Otsoko bera ere nekez kabituko zen, Bestean sartu zen Amon, Otsoko, fardela hartuta, atzetik zuela. Tximinia tentea zen eta igotzeko maila batzuk zeuden harrian landuak. Hiru bat gizonen altueraraino iritsi ziren eta han gela bat topatu zuten. Amonek zeraman garraren argitan, paretetan bisonte eta zaldiak azaldu ziren: marraztuak batzuk, zizelkatuak beste batzuk, harriak berak zituen formak erabiliaz egidakoak besteak. Garra, lurretik gora zetorren harrizko tantai baten gainean utzi zuen Amonek. Haren dantzak irudiak ere dantzarazi egiten zituen eta Otsokori bizirik zeudela iruditu zitzaion, mugitzen ari zirela.
Amon horma aztertzen hasi zen eta bisonte handienaren eskubi aldean topatu zuen bilaka zebilena. Arrautza tankerako bi tontor topatu zituen paretean. Bat Otsoko bera adinakoa zen. Bestea berriz, aurrekoaren erdia. Bietatik haundiena aukeratu zuen Amonek:
–Honekintxe egingo diagu.
Otsokoren eskuetatik fardela hartu eta, desegin ondoren, bertako ontziak antolatzen hasi zen. Kolore ezberdinetako margoak zeuden ontzi haietan. Behatzekin margo gorria hartu eta tontorraren ingurua gorriz margotu zuen. Ondoren margo beltzarekin ile moduko batzuk marraztu zituen tontorraren inguruan. Eta azkenik, margo marroiarekin, tontorraren azpiko aldean, marrazten ari zen alu erraldoiaren sarrera osatu zuen, Otsokoren begiradapean.
Tximinian gora Otzanen garrasi itzalia iritsi zitzaien.
–Itzuli egin behar diagu –esan zion Amonek Otsokori–. Hi aurretik oraingoan. Eta ez geratu nere zai. Ilunpean moldatuko haiz, ezta?
Baietz egin zuen buruarekin Otsokok. Eta tximinian behera ezkutatu zen. Amonek sakon arnas hartu zuen eta bere atzetik abiatu zen, argia hartuta.
Otsoko haitzulo nagusira iritsi zenean, Ama eta Otzan honek besoetan zuen haur jaio berriari ikusi zituen. Baita haitzuloaren sarreran bi begi pareren distira ere. Sutatik adar bat hartu eta piztia parea aizkatu ondoren egur gehiago bota zuen sutara, honek berriz ere indarra har zezan. Amak esker oneko begirada bat bota zion.
–Nere mutikoa –esan zuen ahopean.
Amon haitzuloan arnasestuka azaldu zen unean, Otzanek Amari eman zion haurra eta beste garrasi batekin pikotxean jarri zen berriz ere.
–Beste bat dator! –esan zuen Amonek–. Hoa, Otsoko, hoa! Beste alu bat marraztu behar duk! Tontor txikian! Ulertu al duk?
Baietz egin zuen Otsokok buruarekin. Amonen argia hartu eta tximinian gora joan zen ziztuan.
–Korri, mutikoa! –oihu egin zion Amonek, haurraren negarrak eta Otzanen garrasien gainetik.
Berehala utzi zuen atzean zaldiak eta bi gizonen ganbara eta bigarren tximinian gora margoen gelara iritsi zen. Otsoren margoak han zeuden oraindik lurrean Amonek utzi bezala. Tontor txikia topatu zuen eta Amoni ikusi bezala bigarren alu eder bat marraztu zuen. Amonena baino txikiagoa, baina alua azken batean. Bukatu zuen unean, berriz ere Otzanen garrasi bat iritsi zitzaion tximinian gora.
Ontziak berriz ere larruzko fardelean sartu, argia hartu eta haitzulo nagusira joan zen bueltan, bere lanari azken begirada bat bota ondoren.
Ama eta Otzanek ume bana zuten besoetan: mutikoa Amak eta neska Otzanek. Zanga-zanga bularra hartzen ari zen neska. Denak pozik zeuden irrifarrez. Amonek musu bat eman zion Otsokori buruan. Kobazulotik kanpora gaua nagusi zen. Otso baten ulua entzun zen eta Otsoko berriz ere sua bizitzera joan zen. Atzera arrebari begiratu zion. Otzan ez zen gehiago Antzu.